Se produce en el momento más inoportuno cuando la economía se recupera
Antonio Sánchez-Gijón.– La recuperación de Japón después del terremoto, el tsunami y el desastre nuclear de Fukushima va viento en popa: la producción fabril creció 3,9% en junio, y el cálculo para julio es del 2,2%. Se prevén crecimientos fuertes en los meses inmediatos, hasta que la capacidad perdida por aquellas catástrofes sea totalmente recuperada. Este impulso, sin embargo, se verá afectado por la crisis política del partido gobernante, el Democrático de Japón (PDJ) y contrarrestado por una fuerte revaluación del yen, en correspondencia con la fuerte devaluación del dólar y otras monedas, y unas sombrías perspectivas económicas en gran parte del mundo. Si el yen estaba en 2010 en torno a los 83-84 por dólar, en agosto se ha situado en 76,25 por $1. Así, el yen aumenta su importancia como moneda-refugio, aunque como contrapartida la revaluación reduce el valor de repatriación de las ganancias empresariales en el extranjero.
En esta fluctuante situación, cuando más falta haría un gobierno fuerte que echase una mano a la economía mundial, el gobierno de Naoto Kan se halla sumido en otra crisis de sucesión, que hará que a finales de mes el primer ministro sea sustituido por otro hombre de su partido. El PDJ tiene tanta tendencia a las crisis como el partido liberal democrático, que lideró durante decenios la vida política de Japón y protagonizó su asombroso boom de los años setenta y ochenta, pero también los decenios de estancamiento que siguieron.
El primer ministro Kan habrá estado en el poder poco más de un año. En efecto, sucedió a Yukio Hatoyama en junio de 2010, quien dimitió debilitado por el conflicto con los habitantes de Okinawa sobre el futuro de la base norteamericana en esa isla. En las elecciones generales del 2009 el partido se había presentado con la propuesta de desplazar la base, y por eso pudo Hatoyama contar con el apoyo del partido socialdemócrata. Sin embargo, no le fue posible superar los problemas diplomáticos e internos que la retirada crearía, y quiso retractarse, lo que hizo que los socialdemócratas retiraran su apoyo al gobierno, lo que a su vez causó que el PDJ perdiera la cámara alta. Tan pronto como Kan sucedió a Hatoyama, comenzó su propia erosión política al sugerir doblar el impuesto del 5% sobre las ventas y al aparecer como débil ante las presiones de China para liberar a un capitán de barco chino, apresado en aguas que Japón alega como propias, y la disputa territorial de China sobre la soberanía japonesa sobre las islas Senkaku/Diaoyu. Tampoco logró que los okinawenses aceptaran que la base norteamericana fuera trasladada a otro lugar... de Okinawa.
Hasta el fin de semana recién pasado no había un candidato claro al liderazgo del PDJ. Se han postulado a sí mismos varios ministros, entre otros el de Hacienda, Yoshihiko Noda, quien acaba de declarar que no va a subir los impuestos, aunque siempre se le ha atribuido esa intención. Contra Noda se han elevado los sectores de opinión extranjera opuestos a las tendencias revisionistas de muchos japoneses sobre el comportamiento de su país durante las ocupaciones de China, Corea, Filipinas, etc. antes y durante la segunda guerra mundial. En efecto, en 2005 Noda reivindicó el honor de muchos militares condenados como criminales de guerra y cuya condición de tales Japón mismo había tenido que reconocer expresamente, por el tratado de paz de San Francisco, de 1952.
También son candidatos el anterior ministro de Exteriores Seigi Mahehara, el de Agricultura Michihiko Kano, el de Economía Banri Kaieda y otros más. Todos deben ganarse el apoyo de las dos figuras claves del partido, es decir, su presidente, Hatoyama, que comanda un grupo de unos treinta diputados, e Ichiro Ozawa, anterior líder del partido y que comanda la lealtad de 120 legisladores.
La selección de candidato parece que va a ser tan expeditiva (aunque ligeramente más democrática) como la del nombramiento de nuestro Alfredo Pérez Rubalcaba como candidato del PSOE a las elecciones generales y su autoproclamación como líder del partido, hace un par de semanas. En efecto, el PDJ se ha dado a sí mismo dos días de discusión de las candidaturas, en el 27 y el 28 de agosto, y ha fijado la elección para el día 29. Los dirigentes del partido alegan que urge resolver la cuestión del liderazgo porque hay que aprobar el tercer presupuesto extraordinario para la reconstrucción post-terremoto y post-Fukushima, así como el presupuesto para el próximo año.
La conjunción de las catástrofes y la crisis económica mundial reclaman un liderazgo fuerte de Japón, que posiblemente sus fuerzas políticas no están en condiciones de proporcionar. En realidad, no lo están porque la sociedad no lo demanda con fuerza imperativa. La japonesa es una sociedad avejentada, y las demandas de bienestar de sus amplias mayorías ya están básicamente satisfechas. Es un país de status quo. Aunque existen algunas capas de pobreza, hay una resistencia maciza a elevar los impuestos; el político que lo propone cae fulminado. Lo mismo le pasa a los que proponen reformar los sectores industriales y sociales favorecidos por los subsidios.
Las finanzas nacionales, sin embargo, permiten todavía cierto desahogo. En efecto, con una deuda pública a largo plazo de $10,3 billones y un ahorro nacional de $18 billones, el gobierno tiene aún recorrido para afrontar el déficit de $0,53 billones del presupuesto del 2011 y afrontar los gastos de reconstrucción, que pueden oscilar entre $50.000 y $70.000 millones, a los que habría que añadir en los próximos años hasta más de $1 billón para las obras de infraestructuras que protegerían al país contra desastres como los de marzo del 2011.
El esfuerzo de reconstrucción podría contrarrestar en parte el efecto adverso de la apreciación del yen. Muchas grandes empresas están pensando en llevar su producción fuera del país, si el yen sigue subiendo.
En resumen, lo que vemos en Japón, hasta hace poco la segunda economía del mundo y ahora la tercera, es un país que necesita que un líder se atreva a "echar el país p'adelante" con la reconstrucción, y que existe la necesidad de que una economía que todavía no se halla al borde del abismo empuje un poco al resto del mundo. Veremos.
Publicado en Capital Madrid.com el 22 de agosto de 2011
lunes, 22 de agosto de 2011
lunes, 15 de agosto de 2011
OCIO VERANIEGO, REFLEXIONES OCIOSAS
Ocaso de la socialdemocracia y cansancio de la Revolución Cultural
Publicado el 15 de agosto 2011 en CapitalMadrid.comAntonio Sánchez-Gijón.– El malestar de Occidente tiene causas inmediatas que resulta fácil desagregar en sus componentes y fases. Por un lado están sus elementos económicos: crisis bancaria, crisis del sistema fiduciario, crisis de la deuda y de los déficits nacionales. Por otro están los síntomas de una crisis ideológica: rebelión conservadora en los Estados Unidos, rebeldía juvenil y criminal en el Reino Unido, movimiento 15-M en España, y hasta si se quiere el desnortado terrorismo de un alucinado noruego. Todo tiene por telón de fondo una crisis política, que en Europa ha supuesto que los gobiernos socialistas hayan casi totalmente barridos, y en los Estados Unidos que el liderazgo del presidente Obama haya llegado al final de su mandato con muestras de agotamiento.
Quede para un filósofo de la historia determinar si todos esos síntomas se corresponden con el diagnóstico spengleriano de la decadencia de Occidente. Más modestamente, un europeo observador habitual de lo que pasa se contentaría con arriesgar este diagnóstico: la socialdemocracia está en crisis y ya no puede seguir dando cuenta del futuro europeo. Y no lo puede hacer porque los supuestos tecnológicos y la infraestructura material sobre los que se levantaba ya no están ahí. Eran éstos la producción en masa de bienes standarizados, por obreros igualmente standarizados por su tipo de formación profesional, sus habilidades y su encuadramiento regular en sindicatos, todos protegidos por leyes rígidas de aplicación universal, y un sistema de bienestar social incondicionalmente concedido.
Se trataba en su día de un modelo creado para dar satisfacción al espíritu reivindicativo de los trabajadores "de mono", aparecido y difundido en los tiempos en que la mano de obra suponía el 55% del precio del producto final. Hoy día ese costo laboral se ha reducido ¿al 20%, al 11%? También el trabajo de cuello blanco empieza a estar amenazado por los automatismos de la digitalización y la robótica, gracias al software creado por unos cuantos cientos de miles de tecnólogos de la informática. Marchamos hacia la sociedad post-industrial; o puede que ya estemos en ella pero aún no nos hemos dado cuenta.
Tan pronto como los gobiernos europeos, tanto socialistas como conservadores, se sintieron, a finales de los años noventa del siglo pasado, satisfechos por haber alcanzado lo esencial de los programas socialdemócratas (las famosas "conquistas sociales" que, en su ocaso, el gobierno español nos remacha cada día), empezaron a darse cuenta de que los rendimientos sociales y materiales de la producción ya no daban para pagar tantas conquistas. Entonces, bajo el temor de perder las bases electorales de su poder, el programa socialdemócrata se reinventó a sí mismo adoptando una ideología convenientemente apellidada progresista, que trató de llevar a la sociedad a una reforma de las costumbres para la liberación de todas las alienaciones: culturales, religiosas, consuetudinarias, sexuales, estéticas, etc.
En este sentido, en Europa, pero especialmente en España con los gobiernos del Sr. Rodríguez Zapatero, hemos vivido una especie de Revolución Cultural, que en su estructura social e ideológica no se diferencia mucho de la lanzada por Mao Tse Tung en los años sesenta del siglo pasado, después de que el sistema de producción comunista por él mismo impuesto, encontrara sus límites materiales: unos límites que no daban siquiera para alimentar a las masas. Si en China la Revolución Cultural trató de
erradicar cualquier residuo de la cultura tradicional basada en el confucianismo, en Europa, y especialmente en España, se trató de relativizar o pasar por alto una serie de valores convencionalmente arraigados, y que habían conformado históricamente la familia, los usos sociales, el sentido de identidad nacional, etc. Así, la familia se contrajo a un pacto de mutuas conveniencias, la nación se vio como un concepto discutido y discutible, y la unidad nacional, en lugar de ser "un plebiscito cotidiano", se hizo el precipitado aleatorio y provisional de unas combinaciones electorales. Y en toda Europa, la noción de unidad cultural, basada en la referencia que casi todas sus sociedades hacían al origen común en la Grecia y la Roma clásicas y en el cristianismo, quiso fundamentarse sobre el abstracto modelo del humanismo kantiano, universal, para el que los atributos culturales de las personas deben ser protegidos contra cualquier valoración nocionalmente discriminatoria, porque, como ya se sabe, todas las culturales valen lo mismo. Es el multiculturalismo, que en Europa levanta áspera oposición en capas cada vez más amplias de la opinión pública, pero que en España nunca nos llevará a la división social o política porque felizmente practicamos los postulados de la Alianza de Civilizaciones..., o eso nos aseguran.
Pero contendré este discurso mental, propio del ocio del verano, si no quiero meterme en berenjenales metafisicos. Y me detendré en la Revolución Cultural y en la salida que el genio chino supo darle a aquel disparate, gracias también a un hombre genial, el humilde y sabio Deng Xiao Ping, que asumió el liderazgo de China a poco de la muerte de Mao. Hombre práctico, Deng tenía una filosofía muy simple: "Lo que necesita el tiempo presente es poner orden en todas las cosas. La agricultura y la industria necesitan ser puestas en orden, y las políticas cultural y artística también deben ser reajustadas. Ajustar es poner las cosas en orden. Al poner orden en las cosas tratamos de resolver los problemas de las áreas rurales, de las fábricas, de la ciencia y de la tecnología, y los de todas las otras esferas". Para Deng, la modernización de China sólo podía lograrse a través de la ciencia y la tecnología, las cuales, a su vez, sólo eran posibles a través de la educación.
Mirarse en el espejo
Esta filosofía de gobierno tan básica, tan elemental, gracias a la cual China pudo regenerarse tras los desastres de la Revolución Cultural, quizás pueda ser de alguna utilidad para los pretendientes a gobernarnos a partir de las elecciones de noviembre. Ya sabemos que la base material de nuestra producción social y económica ya no da más de sí; también sabemos por Deng que la modernización sólo se alcanza gracias a la ciencia y la tecnología, y que éstas dependen de la educación. Y que la educación española es un desastre sin paliativos: calidad de la enseñanza primaria en un ranking de 139 países, puesto 93; enseñanza secundaria y profesional, puesto 107; matemáticas y ciencias, puesto 114.
Hay, pues, que sacar mediante la educación a una grandísima parte de nuestra juventud de su particular revolución cultural, consistente en una tendencia instintiva al desaseo al ruido, al mal gusto de las pintadas, a la procacidad e incompetencia del lenguaje, el abandono escolar, reflejo todo ello de la pérdida de autoridad de familias y maestros, de la que familias y maestros son responsables, pero no sólo ellos.
Pero volvamos a lo de las bases materiales sobre las que debe construirse cualquier programa de estado de bienestar. Un desarrollo basado en el conocimiento hará que gran parte de la juventud "beneficiada" por la revolución cultural que sufrimos sea prácticamente inempleable, si no se la recicla por métodos hasta cierto punto coercitivos; por ejemplo, quitándole beneficios del estado de bienestar. Y poner como
horizonte de la juventud muy o medianamente preparada la innovación tecnológica, comercial, fabril, la inventiva y el espíritu emprendedor. ¿Por qué nuestros candidatos a la presidencia del gobierno no se pasan unos días estudiando los centros tecnológicos de Berlín, o el Instituto Skolkovo de Moscú o de Silicon Valley, o cualquier centro de excelencia en enseñanza media, y nos dan muestras de que intentan ponerse al día sobre el mundo post-industrial y post-revolución cultural que se nos avecina, después de que la social-democracia, al agotarse, nos haya dejado en la estacada?
martes, 9 de agosto de 2011
China, ante el dilema de la sucesión
En 2012, el liderazgo de la República Popular deberá ser renovado
Antonio Sánchez-Gijón.– Tan pronto como la secretaria de Estado Hillary Clinton terminó su agenda en Honkong a principios de la semana pasada, tomó un coche y pasó al continente para entrevistarse con el guru de la política exterior china, Dai Bingguo. La existencia y la importancia de este Dei, consejero de Estado de la República Popular China, nos fue revelado a los que no somos sinólogos profesionales por Henry Kissinger, el ex-secretario de Estado de los presidentes Nixon y Ford, en su reciente libro "On China". Kissinger prácticamente hace votos en su libro por que China adopte el "Camino del Desarrollo Pacífico", predicado por Dei, persona a la que sin duda admira y con la que ha intercambiado opiniones durante diez años.
En este sentido, Dei es una adición a la lista de dramatis personae con las que Kissinger gustaba cruzar su florete en combates intelectuales, como Zhu Enlai, el eterno primer ministro de Mao, Deng Xiaoping, el presidente que puso patas arriba la China de éste, o sus coloquios "de ultratumba" con los cancilleres Bismarck y Metternich, por decir sólo los más notables de sus interlocutores.
El artículo a que se refiere Kissinger fue publicado por el ministerio chino de Asuntos Exteriores en diciembre del 2010, y por lo tanto puede considerarse una declaración oficial de intenciones del gobierno de Pekín. Dei afirma que la política propuesta "es el resultado de un profundo reconocimiento de que tanto el mundo como la China de hoy han sufrido enormes cambios, al tiempo que las relaciones de China con el mundo han contemplado cambios similares; de ahí que sea necesario aprovechar tal realidad y adaptarnos al cambio". Habiendo partido hace treinta años de un desarrollo basado en la lucha de clases, dice Dei, China ha pasado a la construcción económica por medio de la modernización socialista, y "de un estado de aislamiento y de un aislamiento centrado en la autosuficiencia, a abrirnos al mundo exterior y al desarrollo de la cooperación internacional". Dei podía haber añadido: también hemos pasado a la sociedad de consumo (al menos gran parte de la sociedad) y al rango de segunda potencia económica del mundo.
Esta reafirmación de la política china, iniciada bajo el liderazgo de Deng Xiaoping en los años ochenta, llega en vísperas de otra de esas crisis aurorales que se producen en China con la llegada de una nueva generación de líderes. La próxima (la quinta según los sinólogos) ocurrirá en 2012, cuando el comité central del partido comunista elija al sucesor de Hu y éste a su vez proponga probablemente un nuevo primer ministro que suceda al actual, Wen Jiabao.
Puede esperarse, por tanto, que la gran cantidad de problemas que se están acumulando en la agenda china se vean condicionados por la perspectiva de un cambio de liderazgo, con los peligros (y oportunidades) que tales sucesos conllevan. De momento China ve cómo se le acumulan los problemas. Sus problemas, además, tienen una proyección sobre la seguridad internacional, tanto en el plano económico como de la geopolítica.
Extrañará que no comience aludiendo a los problemas económicos internos y su proyección exterior, sobre todo a través de la deuda norteamericana atesorada por el Banco Central chino. Antes de hacerlo hay que pararse en la estructura de poder china: un partido comunista de 80 millones de miembros, dirigido por un comité central, frente al que han surgido muchos nuevos líderes regionales que han alcanzado preeminencia nacional en estos años de crecimiento y transformación acelerados. Pero se trata también de un partido osificado, alejado por supuesto de las masas proletarias o campesinas, pero también de las clases medias emergentes que se han formado gracias a más de veinte años de acelerado crecimiento de la industria y el comercio interior e internacional, y que sigue integrado principalmente por funcionarios, militares y élites profesionales de todo tipo. Deben esperarse, pues, fuertes tensiones políticas tanto en el partido como en la calle.
El gobierno, sin embargo, no da muestras de aflojar su control sobre grupos de derechos humanos y religiosos, especialmente cristianos, que son vistos por el liderazgo como una infiltración de ideas extrañas al credo oficial. Este último consiste básicamente en paz con todos los vecinos, crecimiento interno basado en la exportación gracias a una moneda infravaluada, y todo ello bajo el dogma obsesivo de la estabilidad interna. No todo el mundo está contento con un modelo de desarrollo que es prácticamente capitalista. Un alto mando militar, el general Liuo Yeun, considera que la política socio-económica del gobierno sirve intereses extranjeros y pide un retorno a los viejos principios revolucionarios. No obstante, no parece haber peligro de una involución promovida por los militares.
A menos que...
A menos que el modelo económico entre en crisis. Aunque tal crisis no parece inminente, muchos rasgos del modelo de desarrollo vigente se están poniendo en cuestión. Uno de ellos es el crecimiento incontrolado de la deuda de las autoridades provinciales y locales, todas ellas decididas a dotarse de las mejores infraestructuras, como la ciudad de Wuhan, la novena más grande del país, con planes de infraestructuras por $120.000 millones. Moodys Pekín manifestó, a primeros de julio, la sospecha de que la autoridad superior de cuentas del estado ha minusvalorado los riesgos incurridos por la banca en su apoyo a los planes de los gobiernos locales. Y en España ya sabemos lo que eso significa. Fuentes solventes estiman la deuda local y provincial en $2,2 billones.
A estos riesgos se añade la incertidumbre sobre la calidad de las infraestructuras, como ha puesto de relieve el reciente accidente del TGV chino que ha obligado a una reducción de la velocidad media. Fuentes de información de todo tipo señalan la existencia de un vivo debate en el liderazgo sobre la revisión de los planes de expansión para siete grandes sectores industriales, que iban a constituir el salto a un nuevo modelo de economía industrial, basado en el avance tecnológico.
El gobierno, sin embargo, se siente seguro sobre unas reservas equivalentes a $3 billones, la mitad de ellos en dólares, ayudando así a mantener fuerte la moneda de los Estados Unidos y por tanto la estabilidad del sistema financiero internacional. Esta política de sostenimiento del dólar obedece a un plan maestro que mira al exterior, de mantenimiento de la paz y la estabilidad internacionales a toda costa. China no hace más que dar muestras de tal voluntad, especialmente de cara a los Estados Unidos.
Es algo que el jefe de la junta de jefes de Estado Mayor de este país, almirante Mike Mullen, acaba de reconocer en un artículo en The New York Times, comentando la vista a Washington del jefe del Ejército Popular de Liberación, general Chen Bingde, en mayo, y la suya propia a Pekín a primeros de julio, con muchas discusiones y un poco de "tú me enseñas a mí tus Predators, yo te enseño a ti mis nuevos cazas SU-27 y submarinos". No obstante, no todo son guiños simpáticos entre las dos superpotencias: Estados Unidos está inquieto por la afirmación de derechos exclusivos chinos sobre el mar del Sur de China, en disputa con una serie de naciones litorales de ese mar.
Mucho dependerá de cómo vean las potencias occidentales y las de Asia del Sur algunos signos de afirmación militar china, como la próxima botadura del primer portaviones, la construcción de misiles antinavales (DF-21D), que pueden ser disparados desde tierra y con un alcance suficiente (1.500 km o más) para disuadir a los portaviones norteamericanos de acercarse a las cosas chinas, y el avión Chengdu J-20, de tecnología "sutil" (stealth).
Quizás los intercambios militares en curso, entre China y los Estados Unidos, logren lo que Dei Biggou asegura que fue la convicción mas profunda de Deng Xiaoping: "Si algún día China tratase de ejercer la hegemonía mundial, los pueblos del mundo deberían denunciarlo, oponerse e incluso combatirla. En este punto, la comunidad internacional tiene derecho a vigilarnos". Amén.
Publicado en Capital Madrid.com el 29 de julio 2011
Antonio Sánchez-Gijón.– Tan pronto como la secretaria de Estado Hillary Clinton terminó su agenda en Honkong a principios de la semana pasada, tomó un coche y pasó al continente para entrevistarse con el guru de la política exterior china, Dai Bingguo. La existencia y la importancia de este Dei, consejero de Estado de la República Popular China, nos fue revelado a los que no somos sinólogos profesionales por Henry Kissinger, el ex-secretario de Estado de los presidentes Nixon y Ford, en su reciente libro "On China". Kissinger prácticamente hace votos en su libro por que China adopte el "Camino del Desarrollo Pacífico", predicado por Dei, persona a la que sin duda admira y con la que ha intercambiado opiniones durante diez años.
En este sentido, Dei es una adición a la lista de dramatis personae con las que Kissinger gustaba cruzar su florete en combates intelectuales, como Zhu Enlai, el eterno primer ministro de Mao, Deng Xiaoping, el presidente que puso patas arriba la China de éste, o sus coloquios "de ultratumba" con los cancilleres Bismarck y Metternich, por decir sólo los más notables de sus interlocutores.
El artículo a que se refiere Kissinger fue publicado por el ministerio chino de Asuntos Exteriores en diciembre del 2010, y por lo tanto puede considerarse una declaración oficial de intenciones del gobierno de Pekín. Dei afirma que la política propuesta "es el resultado de un profundo reconocimiento de que tanto el mundo como la China de hoy han sufrido enormes cambios, al tiempo que las relaciones de China con el mundo han contemplado cambios similares; de ahí que sea necesario aprovechar tal realidad y adaptarnos al cambio". Habiendo partido hace treinta años de un desarrollo basado en la lucha de clases, dice Dei, China ha pasado a la construcción económica por medio de la modernización socialista, y "de un estado de aislamiento y de un aislamiento centrado en la autosuficiencia, a abrirnos al mundo exterior y al desarrollo de la cooperación internacional". Dei podía haber añadido: también hemos pasado a la sociedad de consumo (al menos gran parte de la sociedad) y al rango de segunda potencia económica del mundo.
Esta reafirmación de la política china, iniciada bajo el liderazgo de Deng Xiaoping en los años ochenta, llega en vísperas de otra de esas crisis aurorales que se producen en China con la llegada de una nueva generación de líderes. La próxima (la quinta según los sinólogos) ocurrirá en 2012, cuando el comité central del partido comunista elija al sucesor de Hu y éste a su vez proponga probablemente un nuevo primer ministro que suceda al actual, Wen Jiabao.
Puede esperarse, por tanto, que la gran cantidad de problemas que se están acumulando en la agenda china se vean condicionados por la perspectiva de un cambio de liderazgo, con los peligros (y oportunidades) que tales sucesos conllevan. De momento China ve cómo se le acumulan los problemas. Sus problemas, además, tienen una proyección sobre la seguridad internacional, tanto en el plano económico como de la geopolítica.
Extrañará que no comience aludiendo a los problemas económicos internos y su proyección exterior, sobre todo a través de la deuda norteamericana atesorada por el Banco Central chino. Antes de hacerlo hay que pararse en la estructura de poder china: un partido comunista de 80 millones de miembros, dirigido por un comité central, frente al que han surgido muchos nuevos líderes regionales que han alcanzado preeminencia nacional en estos años de crecimiento y transformación acelerados. Pero se trata también de un partido osificado, alejado por supuesto de las masas proletarias o campesinas, pero también de las clases medias emergentes que se han formado gracias a más de veinte años de acelerado crecimiento de la industria y el comercio interior e internacional, y que sigue integrado principalmente por funcionarios, militares y élites profesionales de todo tipo. Deben esperarse, pues, fuertes tensiones políticas tanto en el partido como en la calle.
El gobierno, sin embargo, no da muestras de aflojar su control sobre grupos de derechos humanos y religiosos, especialmente cristianos, que son vistos por el liderazgo como una infiltración de ideas extrañas al credo oficial. Este último consiste básicamente en paz con todos los vecinos, crecimiento interno basado en la exportación gracias a una moneda infravaluada, y todo ello bajo el dogma obsesivo de la estabilidad interna. No todo el mundo está contento con un modelo de desarrollo que es prácticamente capitalista. Un alto mando militar, el general Liuo Yeun, considera que la política socio-económica del gobierno sirve intereses extranjeros y pide un retorno a los viejos principios revolucionarios. No obstante, no parece haber peligro de una involución promovida por los militares.
A menos que...
A menos que el modelo económico entre en crisis. Aunque tal crisis no parece inminente, muchos rasgos del modelo de desarrollo vigente se están poniendo en cuestión. Uno de ellos es el crecimiento incontrolado de la deuda de las autoridades provinciales y locales, todas ellas decididas a dotarse de las mejores infraestructuras, como la ciudad de Wuhan, la novena más grande del país, con planes de infraestructuras por $120.000 millones. Moodys Pekín manifestó, a primeros de julio, la sospecha de que la autoridad superior de cuentas del estado ha minusvalorado los riesgos incurridos por la banca en su apoyo a los planes de los gobiernos locales. Y en España ya sabemos lo que eso significa. Fuentes solventes estiman la deuda local y provincial en $2,2 billones.
A estos riesgos se añade la incertidumbre sobre la calidad de las infraestructuras, como ha puesto de relieve el reciente accidente del TGV chino que ha obligado a una reducción de la velocidad media. Fuentes de información de todo tipo señalan la existencia de un vivo debate en el liderazgo sobre la revisión de los planes de expansión para siete grandes sectores industriales, que iban a constituir el salto a un nuevo modelo de economía industrial, basado en el avance tecnológico.
El gobierno, sin embargo, se siente seguro sobre unas reservas equivalentes a $3 billones, la mitad de ellos en dólares, ayudando así a mantener fuerte la moneda de los Estados Unidos y por tanto la estabilidad del sistema financiero internacional. Esta política de sostenimiento del dólar obedece a un plan maestro que mira al exterior, de mantenimiento de la paz y la estabilidad internacionales a toda costa. China no hace más que dar muestras de tal voluntad, especialmente de cara a los Estados Unidos.
Es algo que el jefe de la junta de jefes de Estado Mayor de este país, almirante Mike Mullen, acaba de reconocer en un artículo en The New York Times, comentando la vista a Washington del jefe del Ejército Popular de Liberación, general Chen Bingde, en mayo, y la suya propia a Pekín a primeros de julio, con muchas discusiones y un poco de "tú me enseñas a mí tus Predators, yo te enseño a ti mis nuevos cazas SU-27 y submarinos". No obstante, no todo son guiños simpáticos entre las dos superpotencias: Estados Unidos está inquieto por la afirmación de derechos exclusivos chinos sobre el mar del Sur de China, en disputa con una serie de naciones litorales de ese mar.
Mucho dependerá de cómo vean las potencias occidentales y las de Asia del Sur algunos signos de afirmación militar china, como la próxima botadura del primer portaviones, la construcción de misiles antinavales (DF-21D), que pueden ser disparados desde tierra y con un alcance suficiente (1.500 km o más) para disuadir a los portaviones norteamericanos de acercarse a las cosas chinas, y el avión Chengdu J-20, de tecnología "sutil" (stealth).
Quizás los intercambios militares en curso, entre China y los Estados Unidos, logren lo que Dei Biggou asegura que fue la convicción mas profunda de Deng Xiaoping: "Si algún día China tratase de ejercer la hegemonía mundial, los pueblos del mundo deberían denunciarlo, oponerse e incluso combatirla. En este punto, la comunidad internacional tiene derecho a vigilarnos". Amén.
Publicado en Capital Madrid.com el 29 de julio 2011
NO BASTARÁ LA PRESIÓN EXTERIOR PARA QUE AL-ASSAD CAIGA
El dictador sirio se encuentra en condiciones favorables para resistir
Antonio Sánchez-Gijón.– Crecen las dudas sobre la posibilidad de que la resistencia popular al régimen baasista de Siria y a su presidente Bashar al-Assad derribe a los dos de una sola tacada. Ni el régimen se está cuarteando ni la oposición parece haber logrado una masa crítica de resistentes, a pesar de la rabia e indignación que muestran heroicamente a diario cientos de miles de personas, representantes de algunos millones de silenciosos opositores.
Sobre los sirios pesa la duda de si la desaparición del régimen no va a traer una división sectaria interna, parecida a la sufrida por Iraq poco después de la caída del régimen de Sadam Hussein, o la que sacudió a Líbano en periodos recientes de su historia. No hace falta que el régimen de al-Assad azuce el miedo a una guerra civil sectaria (que lo hace): los sirios saben que en el país hay potencial para tal desenlace.
Al-Assad se encuentra en condiciones favorables para resistir las presiones del exterior. El régimen no está sólo. Cuenta con el apoyo militar y también financiero, de Irán, cuya Guardia Revolucionaria se juega en Siria la puerta de acceso a sus aliados chiitas de Líbano (Hezbolla) y a los islamistas de Palestina (Hamas). Siria es, para Teherán, una base que cierra el cerco que le tiene puesto a Iraq, para hacer salir a este país de la órbita de los Estados Unidos y ponerlo en la suya, con el apoyo de importantes fuerzas chiitas entre las poblaciones de los países del Golfo.
La presión exterior sobre el régimen está lejos de ser decisiva, como sí lo fue en el caso de Libia. Recordémoslo. El Consejo de Seguridad de la ONU autorizó el 17 de marzo pasado el uso de la fuerza para detener los ataques del coronel Gadafi contra su pueblo, y la ocasión fue tomada por la OTAN para iniciar su campaña aérea contra las fuerzas de Trípoli, al tiempo que los países occidentales declararon uno detrás de otro que Gadafi debía marcharse.
Respecto a Siria, el Consejo de Seguridad emitió el pasado día 3 una declaración (no una resolución) que, aunque "condenaba" el uso de la fuerza contra los civiles por parte de las autoridades, no pidió el uso de ésta contra Siria, limitándose a "llamar" al gobierno a poner en vigor los compromisos que él mismo había contraído, de llevar a cabo reformas. Así, pues, los países occidentales no se sienten legitimados para intervenir de forma hostil en el conflicto interno sirio. Pero no es eso lo que realmente inhibe su acción. Lo decisivo es que Siria no entra en su esfera de interés vital, ya que este país pertenece a otra zona geopolítica perfectamente diferenciada, la de Oriente Medio, con sus problemas, sus mecanismos y sus arreglos diplomáticos propios. De este último punto haremos excepción a Turquía, país que alineado con Occidente participa en la geopolítica de Oriente Medio por contigüidad con varios países de esta zona, y particularmente con Siria.
Pero volviendo a la respuesta de los países occidentales; éstas se han reducido a condenas verbales de las atrocidades cometidas por el ejército sirio, pero no han pronunciado el deseo de que Bashar el-Assad abandone el poder. Los embajadores de las principales potencias siguen en Damasco, aunque algunos de ellos (no nos consta el caso del español) han dado muestras de apoyo a la oposición y han dejado constancia pública de su rechazo a la represión.
La Liga Árabe no condena, sólo deplora
Y es de Oriente Medio de donde han venido las más tibias tomas de posición contra el régimen de Bashar al-Assad. La primera fue una "llamada" de los países del Consejo de Países del Golfo (Arabia Saudí, Kuwait, Bahrein, Catar, Emiratos Árabes Unidos y Oman), emitida el pasado día 6, apelando a "la razón" y pidiendo "la realización de reformas serias y necesarias para proteger los derechos y la dignidad del pueblo (que) respondan a sus aspiraciones". La segunda se produjo el domingo día 7. La Liga Árabe emitió, por boca de su secretario general, Nabil al-Arabí, un comunicado pidiendo "a las autoridades sirias poner fin de inmediato a todos los actos de violencia y a las campañas de seguridad contra los civiles". Pero nada de condenar al régimen. Es más, pocos días antes al-Arabí, de visita en Damasco, apoyó expresamente la estabilidad del régimen al decir que "nadie tiene el derecho de negar la legitimidad a un dirigente porque es el pueblo quien le ha elegido". Eso es precisamente contra lo que se rebelan los sirios, contra alguien que, como al-Assad, heredó el régimen de su padre, y fue "elegido" en su día por un aparato de estado de naturaleza totalitaria.
Así que por el frente árabe el régimen sirio no tiene mucho que temer. Veamos el frente "turco". El martes día 9 viaja a Damasco el ministro de Exteriores de Turquía, Davutoglu. Va respaldado por unas enérgicas palabras del primer ministro Erdogan, que decía el pasado día 7 que a Turquía se le estaba acabando la paciencia, y que enviaba al ministro para "hacer llegar el mensaje de una forma más determinada". Esperemos. Turquía se juega mucho en esta partida. En los ocho años de reconstrucción y desarrollo económico acelerados bajo el liderazgo de Erdogan, Turquía ha mantenido una actitud de "cero problemas con los vecinos", que incluía una postura negacionista respecto del régimen de los ayatolás, pretendiendo que Ánkara no se halla en una competición geopolítica con Irán, lo que contradice la experiencia histórica. El programa político-diplomático diseñado en el libro de Davutoglu "Profundidad estratégica", que trata de restaurar la esfera de interés otomana, y el programa de los Ayatolás, de un orden chiita para Oriente Medio, son incompatibles. Así que la Siria de Assad puede resultar para Turquía una pieza demasiado grande para ser cobrada, especialmente ahora, cuando el primer ministro debe poner a prueba la adhesión de las fuerzas armadas, después del golpe que les dio hace una semana aceptando la dimisión de los cuatro jefes militares superiores.
Así que la cosa está básicamente en manos de los propios sirios, con poco "input" del exterior. Una declaración de veinte ulemas, emitida el primer día del ramadán, trataba de indicar el camino que pueda conducir a una salida: si de un lado rechazaba "la violencia excesiva en Hama y otras provincias de Siria" y atribuía al liderazgo del país la total responsabilidad, de otro reclamaba a estas mismas autoridades "el cumplimiento de los decretos, las leyes y las decisiones, ya publicadas, y en particular liberar sin retardo al conjunto de los detenidos de opinión".
La hoja de parra con que se cubre el gobierno es la decisión, de hace pocas semanas, que suprime el monopolio político del partido Baas, y la reforma de la ley electoral, medidas oficialmente adoptadas ya, y la celebración de las elecciones anunciadas el día 6 por el ministro de Exteriores, Walid al-Mouallen.
En resumen, el contexto internacional no ofrece por sí mismo la oportunidad de un desenlace, como sí ocurrió en Libia. En el interior, las cosas están en punto muerto. La dinámica de la rebelión popular parece ahora aconsejar poner a prueba las promesas de un gobierno mendaz. Quizás todo se consiga, no de una tacada, sino de dos: primero imponer una reforma política real, que liquide el régimen de monopolio del poder, y luego la lucha por el poder mismo bajo garantías formalmente democráticas.
Publicado en Capital Madrid el 8 de agosto 2011
PUTIN JUEGA A LAS PRIVATIZACIONES Y MEDVEDEV A LOS PARQUES TECNOLÓGICOS
Rusia camina hacia una modernización de su estructura productiva
Antonio Sánchez-Gijón.– Rusia está a punto de meterse en un vigoroso plan de privatizaciones de empresas: se calcula que serán unas cinco mil, entre otras las 20 o 22 más grandes. Es lo que acaba de proponer el jefe del gobierno, Vladimir Putin, al presidente de la república, Dimitry Medvedev, según informa el servicio Stratfor.
El hecho tiene también un significado político: Medveded y Putin, que se supone son dos contendientes para las elecciones presidenciales del 2012 (aunque ninguno de los dos se ha postulado aún) parecen estar "en la misma onda" en cuanto a la necesidad de modernizar las oxidadas estructuras empresariales de Rusia.
Mientras el presidente es conocido por sus fuertes pronunciamientos a favor de la creación de una cultura empresarial y de la innovación, Putin era visto como el guardián de los intereses corporativos de la burocracia oficial y de los servicios secretos, que controlan o pueden controlar sin freno legal cada rincón de la vida empresarial de Rusia.
Es Medvedev quien presenta un historial de "modernizador" más creíble, siquiera sea por el hecho de que el de Putin está seriamente deteriorado: tan pronto como llegó a la presidencia de Rusia en el 2000, emprendió una feroz campaña para expulsar las compañías extranjeras que se habían hecho con las más valiosas empresas públicas privatizadas durante el caótico periodo presidencial de Boris Yeltsin, para acabar poniéndolas en manos de la burocracia estatal y los servicios secretos. En 2006 emprendió una tímida campaña de privatizaciones totales o parciales: 1.500 salieron a subasta bajo condiciones muy restrictivas, por lo que sólo unas 500 fueron enajenadas.
Estas experiencias pusieron de manifiesto a los ojos del mundo entero que en Rusia faltaban las condiciones institucionales y legales para la libre empresa, así como la escasa o nula cultura empresarial de sus élites científicas, tecnológicas e industriales. Estos graves déficits explicaban el retraso de Rusia con respecto a numerosos países emergentes que han prosperado en los últimos años, y su descenso a la condición de país "en desarrollo" especializado en la exportación de materias primas.
Por contra, Medvedev ha comprometido mucho capital político en un modelo concreto de modernización empresarial, abierto a la libre iniciativa, vocado a la innovación y con un fuerte apelativo a los jóvenes emprendedores y titulados universitarios, que hoy se ven forzados a la emigración (1.250.000 en los últimos tres años). Lo que propone Medvedev se resume en su proyecto de Ciudad de la Innovación de Skolkovo, un lugar cerca de Moscú, y que ya ha salido a la escena internacional con un abierto respaldo de la administración Obama.
La Fundación Skolkovo y Silicon Valley
A primeros de marzo pasado, el vicepresidente de los Estados Unidos, Joe Biden, en misión oficial en Moscú, visitó el lugar de Skolkovo, que de momento es poco más que un descampado. Días después (22-23 de marzo) se celebró en Menlo Park, junto a la Universidad de Stanford, el Simposio ruso-americano "Rusia como Cuna de la Innovación", patrocinado por el "quién es quién" de Silicon Valley (IBM, Intel, Microsoft, Google, Boeing, etc.), y que fue organizado por la Skolkovo Foundation, entidad rusa de interés público instituida en Moscú en mayo del 2010, por la Academia de Rusa de Ciencias y otras instituciones, con el título de Fundación para el Desarrollo del Centro de Investigación y Comercialización de las Nuevas Tecnologías.
Empresas europeas como Nokia, Alstom y EADS se han unido o interesado por el proyecto. Son ya cuarenta las grandes corporaciones industriales y tecnológicas participantes de una forma o de otra. Cisco invertirá $1.000 millones en hacer de Skolkovo la primera "ciudad conectada inteligentemente de Rusia". Hasta cierto punto, la iniciativa de Skolkovo viene propiciada por el hecho de que en Silicon Valley se estima que trabajan o estudian 40.000 graduados o emprendedores rusos.
Parece, pues, claro que hay un designio estratégico de los Estados Unidos en propiciar el desarrollo de la libre empresa en Rusia. Y hay también un cálculo estratégico de Medvedev en todo esto: contar con al apoyo de los Estados Unidos para la realización de sus aspiraciones presidenciales del 2012. El presidente Obama le sigue el juego: en una entrevista para la TV de Moscú a primeros de agosto, tuvo palabras muy elogiosas para el presidente ruso.
Es evidente que Putin y Medvedev han hecho que el lanzamiento de Skolkovo y el plan de privatizaciones coincidan, pero cada uno por razón de sus aspiraciones presidenciales; con la mira puesta en que no se repitan las lamentables privatizaciones anteriores, y que Rusia se abra a la modernidad tecnológica. Intentarlo de ese modo, desde un impulso decisivo desde la cima del poder, ha sido algo habitual en la historia rusa. No otra cosa hizo Pedro el Grande a principios del siglo XVIII, así como los zares que le sucedieron, que confiaron a científicos, ingenieros y empresarios europeos los recursos necesarios para hacer avanzar la atrasada sociedad rusa. Esta modernización, por el hecho de ser forzada desde el poder, no llegó realmente nunca a "europeizar" la sociedad rusa. También falta ver la tenacidad y resistencia de los que promuevan las nuevas empresas alentadas por Skolkovo, a la vista de la experiencia de Silicon Valley, donde sólo un 10% de los intentos es viable, y el 90% ha perdido su "venture capital".
Debajo de iniciativas como la de Skolkovo parece latir una angustia estratégica de Rusia, incapaz de mantenerse en la liga de "los grandes", y con inmensos territorios orientales expuestos a la presión demográfica y económica de China, y comercial de otros muchos países. Por Siberia salen materias primas y por Siberia entran productos acabados de Oriente. El único mercado significativo de Rusia en Asia es el armamento que le vende a la India y Corea del Norte. La agenda diplomática con los Estados Unidos sólo gira en torno a problemas residuales de la guerra fría, como el control del armamento nuclear, o cuestiones de seguridad, como el escudo antimisiles occidental al que Rusia se ha opuesto tenazmente.
En la agenda de seguridad, Medvedev y Putin han empezado a seguir caminos opuestos. Putin se opuso desde el principio a la operación de la OTAN contra Gadafi; Medvedev, sin embargo, aprobó implícitamente la operación firmando el 27 de mayo el comunicado del G-8, en su reunión de Deauville, que declara que "Gadafi ha perdido toda legitimidad".
La opinión rusa independiente se inclina mayoritariamente a creer que la batalla por la presidencia la tiene ganada Putin, que tiene todos los hilos del poder en sus manos. Las bazas de Medvedev, sin embargo, cuentan con el apoyo de amplias élites rusas y un mayor respaldo internacional. Todo puede depender, sin embargo, de que el mensaje entrañado en Skolkovo encandile y convenza a la sociedad rusa. Pero primero Skolkovo tiene que prosperar.
Publicado en Capital Madrid.com el 5 de agosto 2011
martes, 26 de julio de 2011
El terrorismo siempre señala a un problema de fondo
Publicado el lunes 25 de julio de 2011
GEOESTRATEGIA
A propósito de lo de Noruega
El terrorismo señala siempre a un problema de fondo
Antonio Sánchez-Gijón.– Los asesinatos de Oslo y de la isla de Utava nos traen a las mientes un cierto número de atentados en los que en su día perdió la vida un número "espectacular" de víctimas, al objeto de impulsar un fin político. Este fin no es otro que poner en el centro de la agenda política de un país una determinada cuestión, un conflicto, una exigencia. El acto de terror debe llamar poderosamente la atención, a la manera de un espectáculo pirotécnico, del que nadie pueda apartar los ojos. Después de las cenizas y el silencio queda flotando en el aire el ¿por qué? Y se empieza a comprender: se trata de una amenaza existencial, que se consumará si no hacemos esto o lo otro. No es sólo un mensaje colectivo, también está dirigido a cada individuo. Al recibirlo, nos pasa lo que el famoso Doctor Samuel Johnson decía que le pasa al condenado cuando lo llevan a la horca: que su mente se concentra maravillosamente.
El ejemplo más obvio de lo que digo es el ataque del 11-S en Nueva York y Washington. En esa ocasión el mensaje era: los Estados Unidos y otras potencias occidentales deben abandonar las tierras del Islam, o si no desencadenaremos la yihad que con estos atentados anunciamos. De Anders Behring, el autor de la matanza de Noruega, se ha dicho que es el Ben Laden cristiano y europeo. Es probable.
El manifiesto que dio a conocer poco antes de cometer el crimen (titulado misteriosamente "2083: Una declaración Europea de Independencia") es prácticamente una convocatoria a la cruzada contra el Islam. Al igual que Ben Laden llamaba a la restauración de la moral tradicional en las sociedades musulmanas, Behring llama a la recuperación de una Europa europea, y por tanto ésta debe luchar contra el multiculturalismo y la ideología que la domina, que él resume bajo el nombre de "corrección política", en la que engloba el marxismo, el relativismo cultural disfrazado de humanismo y el antinacionalismo. Esa es la ideología dominante entre las élites europeas, dice Behring; el 95% de los parlamentarios y el 90% de los periodistas la abrazan. El multiculturalismo y la colonización europea por los musulmanes equivalen a un "suicidio nacional/cultural" de Europa. Si las cosas siguen así, la Europa cristiana desaparecerá en un periodo de entre dos y siete decenios de islamización creciente, nos asegura. La elección de la juventud socialista y del gobierno del partido laborista noruego, como blancos de su ira, quiere apuntar de modo indubitable a los "responsables" de ese estado de cosas en su país, y lo hace con la misma acuidad con que Osama Ben Laden apuntaba al "capitalismo judaico" de las Torres Gemelas y al "imperialismo opresor" del Pentágono.
Se ha sacado a colación también el paralelo entre lo de Noruega y el ataque contra el Alfred P. Murrah Building (el edificio federal de Oklahoma City), por Timothy McVeigh en 1995, que causó unos 190 muertos. El principal motivo alegado por McVeigh para explicarlo era mucho más restringido que lo alegado por Behring: una venganza contra el Federal Bureau of Investigation (FBI) por sus dos sangrientas intervenciones contra organizaciones sectarias, llevadas a cabo con gran derramamiento de sangre dos años antes. También hizo vagas alegaciones sobre la ilegalidad de la intervención de los Estados Unidos en la primera guerra del Golfo contra Iraq, y sobre los abusos y excesos del gobierno federal contra las libertades. El paralelo entre Noruega y Oklahoma no está justificado: mientras Behring se arroga el derecho de hablar en nombre de toda una civilización y un continente, lo de Mc.Veigh parece más bien una enmienda a la interpretación que el gobierno federal de los Estados Unidos ha hecho de su constitución.
La tercera comparación nos atañe más directamente: se trata del acto terrorista contra España y los españoles del 11-M del 2004. Aquí el mensaje fue "salid inmediatamente de Iraq". La exigencia fue satisfecha a gusto del demandante, y la respuesta política fue tender una cortina de multiculturalismo de urgencia, como queriendo mostrar a los terroristas y sus patrocinadores cuán poco razonables habían sido empleando esos métodos brutales, cuando el mismo fin lo podían haber logrado imaginando con el nuevo gobierno una Alianza de Civilizaciones.
La principal habilidad de los terroristas es señalar con claridad unos móviles del acto que todo el mundo pueda comprender. Y se comprenden fácilmente porque el problema al que señala el terrorista suele ser percibido ya como problema real por los interesados. Grandes masas árabes y musulmanas están luchando contra Occidente en Iraq, Afganistán, Pakistán, Somalia, etc. porque para ellos Occidente es un peligro y una amenaza contra su tipo de vida tradicional, mientras que para nosotros, que estamos inmersos en un mundo cosmopolita y abierto, sus prácticas político-sociales arcaicas e inmovilistas son incompatibles con la modernidad. Y por ser incompatibles estos dos modos de vida, el choque es inevitable, y si no se produce en Afganistán, será en Yemen, o en Libia, o en Pakistán, o en Somalia..., o en Occidente, porque difícilmente dos modelos vida tan antagónicos, abrazados cada uno de ellos por tantos centenares de millones de personas, pueden convivir pacíficamente en un mismo espacio globalizado sin pisarse los callos.
El mismo problema señalado por el atentado de McVeigh, si le quitamos la paranoia antifederal que caracterizaba su ideología, es el eterno de la soberanía del individuo frente a la soberanía del estado. Problema vivísimo en estos tiempos, en los Estados Unidos, y latente bajo el movimiento del Tea Party y la deriva un tanto montaraz de sectores del partido republicano ante el alegado progresismo del presidente Obama.
En cuanto a España, compartimos con el resto de Europa una misma problemática: la integración de una gran población procedente de otra cultura, con la que hasta ahora se ha mantenido una convivencia, a veces tensa, aunque básicamente pacífica, pero que se desenvuelve bajo los presupuestos político-sociales de la multiculturalidad. No importa lo que diga a este respecto el Sr. Behring; él es sólo la respuesta demente a un problema que ha entrado ya en la agenda política de numerosos países europeos, con su deriva hacia la derecha extrema y el nacionalismo identitario. Esto último, por cierto, se vive en España de modo paradójico, ya que el nacionalismo identitario que padecemos, con su beligerancia más o menos violenta, se dirige contra la gran masa de población española con la que esos nacionalistas comparten cultura y civilización. Imagínense el potencial de conflicto que hay entre pueblos de distinta cultura y civilización, que ocupan un mismo espacio geográfico y social. En Francia, en Holanda, en Italia y hasta en Alemania hay cada vez más gente que no sólo pide que se gestione más determinadamente la convivencia entre los autóctonos y los llegados de fuera, sino que se ponga freno al modelo de sociedad multicultural.
Estos fenómenos de transformación civilizacional (perdonen el palabro) van siempre acompañados de un miedo al "otro"; un miedo sordo e inconfeso casi siempre. Hay condiciones objetivas de la geopolítica y la demografía europea que alimentan ese miedo. En Europa, y de modo muy agudo en España, asistimos a una depresión demográfica acelerada, simultánea con un auge en los países vecinos del Sur. Y no sólo del Sur habitual, el Magreb, con el que nos conllevamos razonablemente, sino del Sur profundo, el África Subsahariana, sumida en el atraso y en las guerras civiles, y que cada verano arroja a las playas de Europa millares de hombres, mujeres y niños de los que no sabemos por qué vienen, porque, aquí, en Europa o no hay trabajo para nadie, como en España, o no hay trabajo para ellos, como en Francia, Alemania, Italia, etc., etc.
La deriva hacia la xenofobia que se observa en algunas capas de los pueblos europeos es preocupante. También lo es, sin embargo, que los gobiernos pasen por alto, o ignoren, la fuente del malestar.
viernes, 22 de julio de 2011
ES PRECISO PRESCRIBIR LA DOSIS CORRECTA “DE ALEMANIA”
Publicado en Capital Madrid.com el 22 de julio del 2011
ES PRECISO PRESCRIBIR LA DOSIS CORRECTA “DE ALEMANIA”
Antonio Sánchez-Gijón.- Una vez más Alemania está en el corazón del malestar europeo. Esta vez, sin embargo, no estamos seguros de que sea Europa quien tiene derecho a culpar a Alemania de ese malestar, o si es Alemania la que está cargada de razones para sentirse mal con gran parte de sus socios de la construcción europea, y especialmente con los socios del Sur. Si miramos la cuestión desde el marasmo político-económico de España y de Italia, o desde la crisis social y moral de Grecia, comprenderemos el malestar de Alemania. Si miramos la cuestión desde la perspectiva del proyecto de unidad de Europa, de la convergencia de sus diferentes sociedades nacionales y la armonización de sus prácticas de gobierno, tenemos algunas razones para atribuir algo de la culpa a Alemania.
La incomprensión mutua surge de un equívoco: el de pensar que Alemania y gran parte de sus socios europeos van a poder seguir siendo entidades de la misma naturaleza político-económica. Me explico. De un lado tenemos la casi totalidad de los países europeos que se identifican con el ideal y la cultura del estado-nación, y de otro el ideal y la cultura del estado mercantil-industrial como nuevo estadio de desarrollo de la civilización occidental, que parece estar tomando forma en Alemania, Esto ya lo veía venir el filósofo político norteamericano Philip Bobbitt, en su libro “El escudo de Aquiles”, aunque no sospechaba que el primer “market state” no iban a ser los Estados Unidos, o Singapur, o Corea del Sur, o cualquier “tigre” del zoológico internacional, sino (probablemente) Alemania.
Esta evolución se ha ido dando por sus pasos contados, que mediremos aproximadamente en decenios. Primero tuvimos los tres de reconstrucción tras la II guerra mundial, con una Alemania constituida en potencia puramente civil, tutelada estratégicamente por los Estados Unidos; siguieron los años 70 y primeros 80 del canciller Schmidt, ejemplar aliado de la OTAN, autor de una apertura al Este que acabaría corroyendo los fundamentos de los regímenes comunistas; siguieron los 80 y 90 de Helmut Kohl, el europeísta modelo (tratado de Maastricht) y unificador de las dos Alemanias. En esos largos años todo era multilateralismo y cooperación internacional. Y llegó el decenio del giro, el de Alemania centrada en Alemania: año 2002, entra a gobernar el socialdemócrata Schröder, y le sigue en 2005 la demo-cristiana Angela Merkel. El primero se abre a Rusia, se aleja de los Estados Unidos (oposición a la intervención en Iraq) pero no demasiado (participación en la coalición internacional para Afganistán), aunque aún sigue fuertemente anclado a Europa, con su adhesión a la Unión Económica y Monetaria y la creación del euro.
Cuando llega Merkel en 2005 Europa ya ha llevado a cabo todas sus ambiciones institucionales posibles. Aún asiste Merkel a la aprobación del tratado de Lisboa, sucedáneo realista de la ilusoria y fallida Constitución Europea. Ante Lisboa, Alemania reacciona de forma novedosa, impensable hasta entonces: el Tribunal Constitucional alemán establece excepciones nacionales a algunos de sus preceptos. La conexión estratégica con la OTAN y los Estados Unidos se hace más frágil: el que sería ministro de Asuntos de Exteriores de Merkel, Guido Westerwelle, pide la retirada unilateral de las armas estratégicas (norteamericanas, claro) instaladas en Europa. Luego la canciller se niega a participar en la operación de Libia. Merkel abre una política activa con Rusia, piensa en la energía, en el gas que le permitirá cerrar las centrales nucleares. El gasoducto Streamline Rusia-Alemania está a punto de inaugurarse. Piensa también en una Rusia inundada de petro-dólares pero ahogada por infraestructuras de tercer mundo y una planta industrial oxidada. Es la hora de la seguridad energética, ya no la estratégica de Alemania, también es la hora de los negocios, de los grandes mercados extraeuropeos. En junio visitó Alemania el primer ministro chino Wen Jiabao, con 13 ministros y 300 empresarios, en julio el presidente Medvedev llevó consigo, a la reunión anual de consulta germano-rusa una comitiva empresarial. Es lo mismo que hace la Merkel siempre que viaja a esos grandes países-clientes: se hace acompañar de un nutrido grupo de empresarios. Que le soplan al oído lo que más les conviene. El crecimiento de Alemania está siendo conducido por las exportaciones, mientras el comercio con la zona euro desciende en términos relativos (43% en 2008, 41% en 2010) y aumenta el comercio con Asia (del 12% del total exportado en 2008 al 16% en 2010). El gran objetivo es el mercado chino, que necesita subir un grado más la calidad de su planta industrial y por tanto le hace falta la máquina herramienta y los vehículos alemanes. Comerciar con Rusia y China, sin embargo, supone tener que aceptar prácticas mercantilistas por exigencias de sus gobiernos, lo que a su vez, como reflejo condicionado, puede introducir hábitos mercantilistas en el propio gobierno alemán
Hasta qué punto las nuevas perspectivas del “estado mercantil” alemán están condicionando la recuperación de la crisis económica está por ver. Los observadores alemanes parecen de acuerdo en que la canciller no tiene un gran proyecto europeo, a diferencia de su mentor Kohl. La defensa a ultranza de la estabilidad monetaria es buena para Alemania, y puede serlo para el conjunto de Europa pero no tan buena para los países más lastrados por la crisis.
Como una muestra más de que la Alemania de Merkel se aparta de modo significativo de sus caminos habituales debemos mencionar su reforma de las fuerzas armadas. De hecho, esa reforma supone una modernización a la que le había llegado la hora hace ya muchos años. La Bundeswehr era un modelo extraño de fuerzas armadas, algo así como una dependencia administrativa del gobierno, con un inspector general en el lugar donde debía estar un jefe de estado mayor, y unos ejércitos como ramas del ministerio de Defensa. El aspecto más novedoso de la reforma es la eliminación del servicio militar obligatorio, desde este mes de julio. Alemania era el último de los grandes países occidentales que lo mantenía. Sus fuerzas se reducen de 240.000 efectivos a 180.000. Se retira la mitad del personal militar empleado en el ministerio y se lo devuelve a los ejércitos. De acuerdo con la transformación del escenario estratégico mundial (ninguna gran potencia es percibida como amenaza creíble en estos momentos), se producirá una reducción drástica del armamento: un ala de combate del avión Eurofighter menos, cien aviones Tornado menos, 13 transportes gigantes A400M, y probablemente tres fragatas menos, y no más de cuatro submarinos, etc. Y un ahorro en el presupuesto de defensa, de 8.400 millones/euros entre 2010-2014.
Todas estas transformaciones son la envidia de Europa, sobre todo la del Sur. En 2009 escribí en “Nueva Revista” (último número de ese año) que quizás el malestar existencial de Europa podía curarse con “más Alemania”. El problema está en administrarnos (o que nos administren) la dosis correcta. El exceso puede matar; el defecto nos deja postrados.
Antonio Sánchez-Gijón es analista de asuntos internacionales
ES PRECISO PRESCRIBIR LA DOSIS CORRECTA “DE ALEMANIA”
Antonio Sánchez-Gijón.- Una vez más Alemania está en el corazón del malestar europeo. Esta vez, sin embargo, no estamos seguros de que sea Europa quien tiene derecho a culpar a Alemania de ese malestar, o si es Alemania la que está cargada de razones para sentirse mal con gran parte de sus socios de la construcción europea, y especialmente con los socios del Sur. Si miramos la cuestión desde el marasmo político-económico de España y de Italia, o desde la crisis social y moral de Grecia, comprenderemos el malestar de Alemania. Si miramos la cuestión desde la perspectiva del proyecto de unidad de Europa, de la convergencia de sus diferentes sociedades nacionales y la armonización de sus prácticas de gobierno, tenemos algunas razones para atribuir algo de la culpa a Alemania.
La incomprensión mutua surge de un equívoco: el de pensar que Alemania y gran parte de sus socios europeos van a poder seguir siendo entidades de la misma naturaleza político-económica. Me explico. De un lado tenemos la casi totalidad de los países europeos que se identifican con el ideal y la cultura del estado-nación, y de otro el ideal y la cultura del estado mercantil-industrial como nuevo estadio de desarrollo de la civilización occidental, que parece estar tomando forma en Alemania, Esto ya lo veía venir el filósofo político norteamericano Philip Bobbitt, en su libro “El escudo de Aquiles”, aunque no sospechaba que el primer “market state” no iban a ser los Estados Unidos, o Singapur, o Corea del Sur, o cualquier “tigre” del zoológico internacional, sino (probablemente) Alemania.
Esta evolución se ha ido dando por sus pasos contados, que mediremos aproximadamente en decenios. Primero tuvimos los tres de reconstrucción tras la II guerra mundial, con una Alemania constituida en potencia puramente civil, tutelada estratégicamente por los Estados Unidos; siguieron los años 70 y primeros 80 del canciller Schmidt, ejemplar aliado de la OTAN, autor de una apertura al Este que acabaría corroyendo los fundamentos de los regímenes comunistas; siguieron los 80 y 90 de Helmut Kohl, el europeísta modelo (tratado de Maastricht) y unificador de las dos Alemanias. En esos largos años todo era multilateralismo y cooperación internacional. Y llegó el decenio del giro, el de Alemania centrada en Alemania: año 2002, entra a gobernar el socialdemócrata Schröder, y le sigue en 2005 la demo-cristiana Angela Merkel. El primero se abre a Rusia, se aleja de los Estados Unidos (oposición a la intervención en Iraq) pero no demasiado (participación en la coalición internacional para Afganistán), aunque aún sigue fuertemente anclado a Europa, con su adhesión a la Unión Económica y Monetaria y la creación del euro.
Cuando llega Merkel en 2005 Europa ya ha llevado a cabo todas sus ambiciones institucionales posibles. Aún asiste Merkel a la aprobación del tratado de Lisboa, sucedáneo realista de la ilusoria y fallida Constitución Europea. Ante Lisboa, Alemania reacciona de forma novedosa, impensable hasta entonces: el Tribunal Constitucional alemán establece excepciones nacionales a algunos de sus preceptos. La conexión estratégica con la OTAN y los Estados Unidos se hace más frágil: el que sería ministro de Asuntos de Exteriores de Merkel, Guido Westerwelle, pide la retirada unilateral de las armas estratégicas (norteamericanas, claro) instaladas en Europa. Luego la canciller se niega a participar en la operación de Libia. Merkel abre una política activa con Rusia, piensa en la energía, en el gas que le permitirá cerrar las centrales nucleares. El gasoducto Streamline Rusia-Alemania está a punto de inaugurarse. Piensa también en una Rusia inundada de petro-dólares pero ahogada por infraestructuras de tercer mundo y una planta industrial oxidada. Es la hora de la seguridad energética, ya no la estratégica de Alemania, también es la hora de los negocios, de los grandes mercados extraeuropeos. En junio visitó Alemania el primer ministro chino Wen Jiabao, con 13 ministros y 300 empresarios, en julio el presidente Medvedev llevó consigo, a la reunión anual de consulta germano-rusa una comitiva empresarial. Es lo mismo que hace la Merkel siempre que viaja a esos grandes países-clientes: se hace acompañar de un nutrido grupo de empresarios. Que le soplan al oído lo que más les conviene. El crecimiento de Alemania está siendo conducido por las exportaciones, mientras el comercio con la zona euro desciende en términos relativos (43% en 2008, 41% en 2010) y aumenta el comercio con Asia (del 12% del total exportado en 2008 al 16% en 2010). El gran objetivo es el mercado chino, que necesita subir un grado más la calidad de su planta industrial y por tanto le hace falta la máquina herramienta y los vehículos alemanes. Comerciar con Rusia y China, sin embargo, supone tener que aceptar prácticas mercantilistas por exigencias de sus gobiernos, lo que a su vez, como reflejo condicionado, puede introducir hábitos mercantilistas en el propio gobierno alemán
Hasta qué punto las nuevas perspectivas del “estado mercantil” alemán están condicionando la recuperación de la crisis económica está por ver. Los observadores alemanes parecen de acuerdo en que la canciller no tiene un gran proyecto europeo, a diferencia de su mentor Kohl. La defensa a ultranza de la estabilidad monetaria es buena para Alemania, y puede serlo para el conjunto de Europa pero no tan buena para los países más lastrados por la crisis.
Como una muestra más de que la Alemania de Merkel se aparta de modo significativo de sus caminos habituales debemos mencionar su reforma de las fuerzas armadas. De hecho, esa reforma supone una modernización a la que le había llegado la hora hace ya muchos años. La Bundeswehr era un modelo extraño de fuerzas armadas, algo así como una dependencia administrativa del gobierno, con un inspector general en el lugar donde debía estar un jefe de estado mayor, y unos ejércitos como ramas del ministerio de Defensa. El aspecto más novedoso de la reforma es la eliminación del servicio militar obligatorio, desde este mes de julio. Alemania era el último de los grandes países occidentales que lo mantenía. Sus fuerzas se reducen de 240.000 efectivos a 180.000. Se retira la mitad del personal militar empleado en el ministerio y se lo devuelve a los ejércitos. De acuerdo con la transformación del escenario estratégico mundial (ninguna gran potencia es percibida como amenaza creíble en estos momentos), se producirá una reducción drástica del armamento: un ala de combate del avión Eurofighter menos, cien aviones Tornado menos, 13 transportes gigantes A400M, y probablemente tres fragatas menos, y no más de cuatro submarinos, etc. Y un ahorro en el presupuesto de defensa, de 8.400 millones/euros entre 2010-2014.
Todas estas transformaciones son la envidia de Europa, sobre todo la del Sur. En 2009 escribí en “Nueva Revista” (último número de ese año) que quizás el malestar existencial de Europa podía curarse con “más Alemania”. El problema está en administrarnos (o que nos administren) la dosis correcta. El exceso puede matar; el defecto nos deja postrados.
Antonio Sánchez-Gijón es analista de asuntos internacionales
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